Chau, Mami.

– Mami… En dos meses estoy ahí, para darte muchos besitos…

– Sí… Si Dios quiere!

Dios no quiso. Dios, el Dios en el que vos creías, no quiso que volviera  a verte, a darte abrazos, a acariciarte la cara, a darte besitos hasta que me dijeras “qué cargosa!”.

No quiso que me vuelva a acurrucar en vos cada vez que mirábamos tele; que volviéramos a tomar mate y a charlar de lo mismo, siempre.

Hacen ya algunas semanas que yo venía despertándome de buen humor porque me daba cuenta de que tenía mucho para agradecer y entre esas razones estabas vos, mami. Agradecía poder llamarte todos los días (a veces hasta más de una vez – qué cargosa!) y escuchar tu voz y reírme con tus ocurrencias y contestarte las mismas preguntas que siempre me hacías.

– Quedate tranquila, querida, yo estoy bien.

Mami, a pesar de este dolor y tristeza infinita que me invade, agradezco que hayas sido mi mamá, que me hayas cuidado, que me hayas amado, que me hayas educado. Que  a pesar de que sé que secretamente no querías, con una sonrisa me desplegaste las alas y me dejaste ir lejos, a vivir la vida que me toca vivir.

Gracias, mamá.

– Saludos  a tu maridito. Saludos a los chicos que están allá, a Sergio y a Florencia.

– Bueno, les digo. Besos mami linda. Te llamo mañana. Chau.

– Chau, mi amor.

Chau mami. Tengo que repensar mi vida sin vos, de ahora en más. Pero te llevo en mí, mamá.