NoLuda

Una de las frustraciones que trato de aceptar (qué gracia, cerca de los 40!) es que siempre fui muy poco lúdica. De chica me entretenía jugando mayormente a tres cosas: a la mamá, a la maestra (siempre!) y a la secretaria. Menos lo primero, de adulta cumplí con esos delirios de infancia.

Pero admito que siempre me aburría jugar a los juegos de mesa. El único que me entretenía era el ludo y un poco el dominó. Jugaba a las cartas (al culo sucio, a la casita robada, al chinchón) pero hasta ahí.

Desde la adolescencia hasta acá, jamás jugué a ningún juego de mesa, a excepción de un par de veces al Pictionary. Nunca le encontré sentido a la reunión de gente grande para ponerse a jugar.

“A jugar! Por qué mejor la gente no se junta a hablar, a contarse cosas, a filosofar… Cómo se entiende que uno pase el tiempo entretenido en algo que no lleva a nada?!?!” me quejaba yo con mi bocota charlando con mi suegra que es miembro de la Asociación Argentina de Scrabble

(Casi me muero de la vergüenza cuando me dí cuenta! Pero como es una divina, nos terminamos riendo juntas!)

Tampoco nunca me subí a un árbol ni volé un barrilete. Esas cosas las hacía mi hermana quien siempre se llevó bien con los varones. En realidad yo no me llevaba bien con nadie; es que no concebía jugar sin reglas claras o sin respetarlas.

A la tierna edad de 3 años recuerdo estar en la guardería de un hotel en Córdoba jugando al Lobo Está. Y había un niño que hacía cualquier cosa, iba para cualquier lado y me fui acercando de a poco hasta estar muy cerca de él (se ve que iba a poner un poco de orden) hasta que una de las que nos cuidaba me tomó del brazo delicadamente y me dijo “Dale, corramos que viene El Lobo” y me alejó de allí.

A los 4 años mis padres recibieron el reporte trimestral de mi jardín de infantes (el cual todavía conservo) donde cláramente se lee “Últimamente Alicia se ha mostrado bastante autoritaria con sus compañeritos”.

Sorpresivamente de adulta empecé a tener con el niño que se me cruzara y en el idioma que fuera, afinidad, la que me faltó cuando era chica. No dudé nunca en engancharme a jugar con los niños como si fuera una más y reconozco que donde voy, si hay niños, quién sabe por qué, les llamo la atención.

Pero no podría juzgar mi niñez desde la adulta que soy: Siempre fui mandona y si estaba sola, jugaba igual. La soledad no era motivo para no dejar de hablarle a alumnos imaginarios mientras jugaba a la maestra ni tampoco me importaba que la única compañía para jugar a la mamá fuera mi muñeco. Como fuera, la pasaba bien.