El Cairo Día 2

Bueno.
POR DÓNDE EMPIEZO!?!?!?

Hoy nos levantamos a las 5 y media de la mañana porque dos horas después nos venía a buscar Karen para ir a las pirámides.

Fuimos muy temprano porque sólo se venden 150 entradas a la mañana y 150 a la tarde. Tenés que comprar tres tickets diferentes, una para el complejo en general, otra para la pirámide de Keops (Cheops en griego, Khufu en egipcio pronunciado “jufu”), y otra para la de Kefrén (Khafre, pronunciado “jafre”).

Esta vez paseamos con dos chicas americanas que viven en Inglaterra y estaban con nosotros en el tour y casi que fuimos los primeros en entrar en la pirámide de Keops, por un pasillo oscuro y algo angosto pero no de esa clase de angosto de que casi no te podés mover.

No sé si son los años o que estoy muy sensible o miedosa, pero llegué a la entrada y me empezó a latir muy rápido el corazón y me empecé a abanicar y recordando que yo una vez estuve dentro de una pirámide azteca, yendo por un pasillo húmedo, oscuro y angosto como un cabello de ángel, y no me pasó nada y salí lo más campante, junté coraje y me metí igual!

A punto de entrar a la pirámide.

El primer tramo corto caminás para abajo normal. Luego el camino se hace muy empinado hacia arriba y ahí nos tuvimos que agachar, darnos vuelta y caminar para atrás lo cual me hizo bien porque no veía todo lo que quedaba por delante.

Después el tramo se nivela un poco y te espera otro tramo más empinado, es interminable, y como no te tenés que agachar, subís y subís y subís y subís y si te cansás, no podés parar porque tenés gente atrás y entonces subís y subís y te cansás y te duele todo y cuando tenés ganas de deslizarte por la baranda e irte corriendo, llegás a un descanso pequeño y ahí nomás tenés un túnel cortito por donde tenés que pasar más agachado que antes y llegás a una cámara oscura y te encontrás con el sarcófago del faraón Khufu. Lo que se ve es un bloque de piedra hueco, como si fuera una caja sin tapa.

La recordaba de haberla visto a Marley acostarse adentro aduciendo el poder energético de la piedra!

Te doy un consejito para cuando vengas: si sufrís de taquicardia, si sos miedoso/a o si no te gusta viajar en subte, pues no entres! Miralo a Marley!

Y si venís y decidís entrar, no mires hacia adelante, mirá constantemente para abajo, contá tus pasos, cantá una canción o hablá pavadas o contá chistes. Ayuda mucho.

Lo increíble fue que al salir me sentí fortalecida y toda esa sensación de estómago revuelto se me había pasado por completo.

Karen se empezó a reír cuando le contamos cómo subimos: “Les dije que hicieran al revés! Que bajaran caminando para atrás!”

Bueno, nos reímos los cuatro también pero estuvimos de acuerdo que lo mejor fue haberlo hecho como lo hicimos.

Luego entramos a dos mastabas, la Mastaba de Qar y la Mastaba de Idu. En ambas se ven los jeroglíficos tan claramente, tan hermosos, que uno no puede creer que hayan sobrevivido hasta ahora. Y cuando entramos a la Mastaba de Idu encontramos pequeñas estatuas que se creen recrean diferentes etapas de crecimiento del faraón y también pudimos ver grabados una fiesta para el faraón, los acróbatas, los músicos, gente aplaudiendo, etc., y luego la procesión funeraria y las diferentes ofrendas. Y una de las ofrendas era una pila de comida, que incluía vegetales, una pata de vaca, patos y todavía estaban en colores! Te ponían la piel de gallina!

Dentro de la Mastaba de Idu.

Luego fuimos a ver un edificio construido alrededor de un lugar donde se descubrió la barca real de Keops. Allí nos dieron unos zoquetes para cubrir nuestros zapatos así no ensuciábamos el piso o lo llenábamos de arena.

La barca reconstruída. Es enoooooooorme.

Después de este paseíto reparador (porque ese edificio tenía aire acondicionado) nos tocaba entrar a otra pirámide. Karen nos previno que esta vez el camino era un poco más largo y que adentro iba a hacer más calor e iba a estar más húmedo todavía porque antes de nosotros ya habían entrado otros turistas.

Adentro no se veían tesoros, sólo un sarcófago parecido al anterior, y en la pared escrito el nombre del explorador italiano Giovanni Belzoni quien fue que encontró esta cámara y la fecha, el día 2 de marzo de 1818. Lo escribió el mismo Giovanni y quedó desde ese entonces.

Las chicas y Ale decidieron ir y yo, no. Ok, tírenme con piedras o fruta podrida, llámenme inculta pero con el calor que estaba pasando agregarle otro paseíto piramidal… no, gracias. Me pregunté a mí misma “Me siento bien al forzarme a hacer ésto? Otra vez?” Me contesté “No”. Y no fui. Me quedé afuera con Karen esperándolos a los tres que salieron empapadísimos y más acalorados que antes.

Bueno, llegó el momento temido…

Estando en Londres, haciéndole preguntas a Ale sobre cosas del viaje, me entero: “Ah, y vamos a andar en camello”. Para mí fue una sorpresa, no me lo esperaba porque no sabía que lo había reservado.

Y anoche supe que el paseíto en ese pestañoso animal iba a durar 45 minutos… Ahí me preocupé. Antes de dormirme le comenté a Ale que estaba un poco insegura con esto de andar en camello (yo, viste, no tengo ningún problema en comerlo, como lo hice alguna vez, pero de ahí a subirme…).

Me preocupaba el hecho de que como nunca me subí a un caballo por miedo a la altura (aunque sí dí una vueltita en elefante – en el zoo de Luján), el camello es más alto y mientras está sentado, qué bueno, pero viste alguna vez cómo se levanta un camello? Tiene cuatro rodillas, primero se levanta con las patas traseras (y vos ahí agarrada, te tenés que inclinar para atrás) y después se levanta con las delanteras (y te tenés que inclinar para adelante).

Suena MUY glamoroso pasear en camellito pero a mí me dio un poquito de miedo. Para ser más precisa, me dio palpitaciones, me revolvió el estómago… y todo antes de subirme! Así que Karen se quedó al lado mío mientras me agarraba de una pierna (para darme fuerzas, ánimo, o como lo llames) y el camello se levantó… y a mí se me cayeron unas lagrimitas pero fue de la tensión que en ese momento me hacía temblequear. Para colmo el camello se empezó a mover medio raro y me dijeron que se estaba rascando con las patas pero me lo aguanté estoica. Porque no me quedaba otra! Ya estaba subida!

Poniéndole el pecho a las circunstancias. Se me nota en la cara, no?

A medida que el camello se movía (yo pedí el más chiquito) trataba de acompañar con mi cuerpo sus camélidos movimientos y eso me hizo sentir más segura. Y de a poco me fui aflojando y empecé a disfrutarlo.

Valió la pena totalmente haber hecho el viaje en camello. Subimos hasta un parte elevada donde sacamos unas fotos con la mejor perspectiva mientras un señor sacaba gaseosas frescas de las alforjas que su burrito tenía colgadas de su lomo.

Posando para la foto.

Seguimos nuestro camino hacia abajo y divisamos la esfinge! Nos bajamos del camello, sacamos más fotos y después de admirar la esfinge y entrar al Templo del Valle (donde momificaron a Kefrén) ya nuestra excursión que había comenzado a las 8 de la mañana se había terminado a la 1 de la tarde.

Nos bajamos del camello y la esfinge está detrás.

Más cerca de la esfinge.

A comer!

Fuimos a un restaurant donde probé palomas. Venían dos palomitas asadas con arroz. Muy ricas, un sabor parecido al pato pero la carne tierna como la del pollo aunque más roja. Fue trabajoso porque los huesos son muy chiquitos y finitos pero cuando se trata de comida, acepto el desafío.

Las palomitas asadas a la parrilla con arroz.

Luego Karen nos recomendó (y nos dio una tarjeta con un 30% de descuento) un lugar donde se vende algodón egipcio (prendas de vestir, sábanas, toallas, etc.) y después de comprar un par de cosas volvimos al hotel que ya era hora de preparar todo para tomar el tren que durante la noche nos llevaría a Aswan.