Seven Dials

Más o menos entre Leicester Square y Covent Garden, se encuentra Seven Dials, un cruce de siete calles marcado por una especie de obelisco donde arriba de todo hay seis relojes de sol. Son seis, no siete, porque cuando originalmente se mandó a construir esta especie de obelisco, era un cruce de seis calles.

El monumento.

Detalle de los relojes de sol.

Las calles que convergen se llaman Monmouth Street, Earlham Street, Mercer Street y Shorts Gardens, ésta última termina en el obelisco, las demás continúan, como muestra este mapa:

Si hacen click sobre la foto, se ve mejor.

Caminar por las calles es un placer. Son de una cuadra de longitud de un lado y otro del monumento central pero los negocios que allí encontrás son encantadores. Muchos son de diseño, hay pubs, restaurants y hasta un teatro.

El Cambridge Theatre donde está Matilda, la comedia musical basada en la novela de Roal Dahl, de mucho éxito.

La calle más linda es Monmouth Street.

De un lado del monumento…

… y del otro…

Se ven calles tranquilas pero el tránsito es mucho, en su mayoría taxis y camiones de descarga de mercaderías por eso hay que fijarse bien al cruzar la calle.

Parece tranquilo pero por ese empedrado pasan muchos vehículos.

Esta es Mercer Street, acá no hay tantos negocios de diseño, más bien de feria.
Hay un puesto que vende caramelos típicos.
Sobre Earlham Street hay negocios de ropa y calzado de diseño original.

Seven Dials tiene su historia, fue diseñado originalmente en 1690 con el objetivo de ser un barrio residencial pero eso no sucedió. En épocas de Dickens, el lugar era muy peligroso e inseguro.

La columna original fue removida en 1773 y la actual fue construida igual a la anterior.

 Originalmente fue construido en 1694.

 Y fue reinaugurada por la reina Beatriz de Holanda, la suegra de Máxima.

Si vienen a Londres, seguro van a pasar por Covent Garden pero no se olviden de Seven Dials, aunque sea para escapar de tanto turismo, este lugar es ideal para descansar!

Por ejemplo, en este rinconcito tan parisino!

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Sí, Me Hiciste Compañía

El viernes me desperté con la noticia de la muerte de Juan Alberto Badía. Sabía que estaba mal pero no me esperaba ese desenlace.

Puse la radio como todas las mañanas, el programa de Ari Paluch. Lo escuchaba hablar sobre Badía y quebrarse más de una vez y se me llenaban los ojos de lágrimas y se me hacía un nudo en la garganta.

Porque lo que se me venía a la mente era, además de su cálida voz y su sonrisa, el comienzo de mi adolescencia, mirando como hipnotizada Badía & Cia, todos los sábados.

Y escucho que Ari Paluch justo dijo algo así como que cuando uno llora la muerte de alguien que significa algo en tu vida, es en realidad que uno llora por ego, por algo suyo que perdió y la muerte de esa persona te lo recuerda.

Algo de eso debe ser porque yo a Badía no lo conocía personalmente, como se conoce un familiar o un amigo porque cuando alguien muy cercano a tu entorno fallece, lo llorás con dolor, porque llorás su falta.

Pero a mí Badía me hizo compañía, realmente. Su programa empezó en el año 1983, cuando yo tenía 13 años y vivía en mi casa casi recluída pero por motus proprio, eh. Iba  a la escuela y a inglés pero los fines de semana, los pasaba adentro. Me daba vergüenza salir a la calle…

Bueno, sí, uno cuando es adolescente tiene sus mambos, sus dramas y el mío era ése. Yo miraba a mi hermana, un año menor, que iba y venía, salía  a  la calle a jugar con sus amigos y yo no me animaba. No tenía amigas o compañeras del colegio que vivieran cerca así que mi compañía era la tele, el programa que duraba como 6 horas.

Y gracias a este programa yo me entretenía en una época en que no había computadoras y menos que menos internet.

Me acuerdo que en ese programa apareció por primera vez Paolo El Rockero, Mc Phantom, El Profesor Lambetain. Este último lo tomaba de punto a Marcelo Tinelli, al compararlo con Tino, de Los Parchís.

Me acuerdo de los recitales! Una vez fueron a tocar los Fabulosos Cadillacs y cantaron Mi Novia Se Cayó En Un Pozo Ciego y cuando terminaron, Badía se disculpó porque la letra decía «no veo un carajo»!

Ah, qué atildado pero qué diferencia con lo que se escucha hoy!

Mientras el comienzo de mi vida adolescente vegetaba ante la tele, las de los demás seguían su curso. Mi casa era mi refugio, la tele mi sostén. Tal vez estuvo bueno porque no me sentía tan sola. Porque al año siguiente, a los 14, todo fue diferente: empecé a ir a bailar, a salir con algún chico, a salir al mundo.

Pero mis 13 fueron para Badía, que sí me hizo compañía.

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