Nuestro Lugar En El Mundo

Desde que vivo en Londres, hacen ya 6 años, que no pasa un día en que yo no piense: «Wow! Estoy viviendo en Londres…», como si esta situación fuese un sueño!

Es que a pesar de lo ítalo-criolla-argentina que soy, siento que Londres es mi lugar en el mundo: me siento a gusto, disfruto de lo que vivo, de lo que veo, de la gente, de los lugares, de cualquier rincón. Me pone de buen humor, me quejo de cosas pero sigo viendo todo positivo.

Pero aunque sienta que para mí es la ciudad más maravillosa, sé que para muchos que viven en esta ciudad, no lo es. Las razones pueden ser varias, tanto para quienes son extranjeros como para los que nacieron aquí: A mucha gente le puede disgustar las mismas cosas que a otros les parecen interesantes.

Una vez un señor británico me dijo que su lugar en el mundo era Nueva Zelandia. Él nunca había estado allí pero por todo lo que había leído y visto, estaba seguro que ese era su lugar y no perdía las esperanzas de ir.

Su comentario me hizo creer que para cada uno de nosotros hay un lugar en el mundo: esa ciudad o pueblo donde vos te sentís vos, parte del ecosistema, parte de la forma de vivir, de sus costumbres…

A vos alguna vez te pasó de sentirte en tu lugar en el mundo? O ya vivís en tu lugar en el mundo?

La Dieta Dukan Y Yo

Sé, por experiencia propia, que más allá de los 30 años el cuerpo comienza a transformarse y por más que peses lo mismo de siempre, ciertas zonas se caen igual, se ensanchan, se deforman… Bueno, lo que ya sabemos. Nos pasa a todos y a todas. El envejecimiento es bien democrático.

En mi caso, nunca tuve problemas con subir de peso hasta que alcancé los 34 y, por primera vez, empecé a experimentar «ese pantalón que antes me quedaba flojo ahora no me cierra». Socorro.

Fue en ese entonces cuando probé hacer dieta por primera vez. La diseñé yo y traté de comer sano, poco y lo mismo todos los días (no me va eso de comer distinto) sacando lo superfluo (pan, pastas, tortas, dulces) y me dio resultado pero a costa de estar rabiosa los primeros días, de quedarme con bracitos flaquitos y una cabezota.

De qué sirvió? De nada. No me gané ni un Oscar ni un Grammy y después recuperé el cuerpo de antes. Concluí que hacer dieta no era lo mío y que si no quería estar hinchada, pues debería comer menos y ya pero no privarme de mis gustos.

Sin embargo, el año pasado decidimos con Ale probar la Dieta Dukan. Había escuchado sobre ella cuando se casó Kate con William. Todos hablaban de lo flacas que estaban ella y su hermana Pippa y el libro fue best-seller.

Yo lo compré de curiosa y la verdad es que me tentó seguirla porque es fácil, es adaptable a tus gustos y en nuestro caso nos dio resultados.

Probamos un mes y vimos que implica algún sacrificio al principio: no es fácil para mí, que como frutas y verduras crudas todos los días, comer nada más que carne y pescados. Pero pensé: «Bueno, es como hacer la dieta de alguien que nunca come verduras, no puede ser tan grave.» No lo fue y al segundo día ya noté que me deshinché bastante.

En el caso de Ale, se notó más. Yo no bajaba de peso a la misma velocidad que él pero tampoco me lo tomé como una compentencia. Realmente, a Ale se le notó en la cara y en todo el cuerpo.

Muy inteligentemente, nosotros la empezamos un par de meses antes de que se vengan las fiestas, así que imaginate… Con todo lo que festejamos, la Dieta Dukan pasó al olvido.

Sé que tiene muchas críticas, yo nada más hablo sobre mi experiencia. A mí me sirvió para darme cuenta de que realmente las comidas con harina te despiertan más hambre y que si las dejás de comer por un tiempo ya no sentís ganas ni te tentás tanto con una torta, un pedacito de pan, etc.

Me gustó esta dieta porque es muy flexible y no es muy restrictiva, aunque sí al principio.

Considerando mi dieta en Argentina (facturas, sandwiches de miga entre otras cosas) me parece que es hora de que la pruebe otra vez…

Déjalos Ser


Pasa que por ahí tenés un problema, y hay gente que te nota preocupada, se te acerca y te pregunta qué te sucede.

Vos, la ingenua de siempre, empezás a contarle lo que te pasa por la cabeza, tus ansiedades y preocupaciones o quejas, tus desventuras y es ahí donde esas personas se involucran diciendo alguna frase de rigor o compromiso y cuando les respondés para crear una conversación fluida, ellos te cuentan lo que parece una pequeña anécdota que pronto se desarrolla en un monólogo largo y tedioso, detallista y puntilloso, sobre algo que a ellos alguna vez les pasó, algo muy parecido a lo tuyo pero lo que te pasa a vos en definitiva no es importante, fue sólo la razón que necesitaban para dar rienda suelta a una catarata de egocéntricas historias personales.

Hay personas que sólo les interesa iniciar una conversación para escucharse a sí mismos.

Mejor dejarlos hablar y que te cuenten todo así les das el gusto. Pero la próxima vez, si te preguntan qué te pasa, mejor responder «Nada, todo bien!»

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