Cuando Pasó El Temblor

«Qué bien la estamos pasando!» «Qué bien que nos estamos llevando!».

La verdad, teniendo en cuenta lo que nos había pasado recientemente y a pesar de éso, una a veces por inexperiencia o estupidez perdona y/u olvida y deja pasar. Y bueno. Pero era verdad, por fin nos estábamos llevando bien, o por lo menos, no discutíamos tanto.

Llegamos al pequeño pueblo de pescadores, Puerto Ángel, sobre el Pacífico y nos alojamos en un hotel chiquito, literalmente sobre el mar. Blanco el lobby, no tenía ventanas, bien tropical. Para acceder a las habitaciones se iba por un pasillo al aire libre también, rodeado de canteros con muchas plantas verdes. La habitación era espaciosa, contenía dos camas grandes y, a pesar del calor, adentro la temperatura era templada, estaba bien.

Recuerdo que disfruté del mar ese día y a la noche cenamos a la luz de las velas, en un diminuto restaurant (todo era chico allí!), las mesas y sillas estaban sobre la arena y el mar, que ahí nomás se acercaba y se alejaba…

Con buen humor a la noche siguiente, decidimos repetir la experiencia en el mismo restaurant. Antes de ir hacia allí, me encontraba yo en el lobby escribiendo mi diario de viaje mientras esperaba a Mex, que todavía se encontraba en la habitación.

Si ves ese diario ahora y buscás el párrafo que yo estaba escribiendo en ese momento, vas a ver que una palabra está escrita por la mitad y a su lado hay una rayita. Ese fue el momento en que sentí que bajo mis pies, la tierra se movía como gelatina.

La mesa vibró, me paré de un salto y yo, la siempre convencida atea, exclamé «Dios mío!» y me quedé ahí, sin moverme mientras sentía que el techo sobre mí hacía ruido de resquebrajarse. El señor que estaba detrás del mostrador vino corriendo y me agarró de un brazo y me guió por las pocas escaleras que daban a la playa.

Ahí me quedé de una pieza, mientras veo que Mex viene corriendo. Y sin saber qué hacer o cómo reaccionar, opté por mirar a mi alrededor:

Algunas personas de las que vivían en el pueblo lloraban de miedo, recuerdo a una mujer con su bebé aúpa. Pero también recuerdo a muchos americanos en el balcón de otro hotel de por ahí, a los gritos, tomando cerveza sin parar, festejando vaya uno a saber qué!

Pero todos los locales estaban en la playa y ninguno pensaba en volver a sus hogares. Entonces decidí hacer lo mismo y pude convencer a Mex de pasar la noche a la intemperie.

El problema es que yo soy muy friolenta y no me iba a bancar toda una noche sin dormir y sin cobijas. Le pedí a Mex que me trajera una manta. «No,» me dijo. «Yo ahí no entro.» Le insistí, él se mantuvo en sus trece y con toda la furia (y con todo el miedo) fui a la habitación y traje una manta para cada uno. Nos sentamos en sendas reposeras apuntando al mar, nos tapamos con las mantas y comenzó la aventura.

Toda la noche, a un promedio de una réplica por hora, nos volvía ese miedo y sensación indescriptible. La arena se movía como si la estuvieran cirniendo, bajo los pies sentías un movimiento que no podías controlar y lo peor era saber cuándo ibas a sentir eso porque de repente se sentía un silencio profundísimo, los perros ladraban e inmediatamente otro temblor!

La noche fue interminable y al alba yo ya estaba harta, cansada y lo único que quería era dormir sobre una cama. Me dirigí al hotel y me costó, pero lo convencí a Mex de que viniera. Quedamos de acuerdo en algo: Si mientras dormíamos sentíamos otro temblor, saldríamos corriendo a la playa «… y yo pienso salir como esté, eh, en calzoncillos, en bolas, como esté, yo salgo corriendo, eh». Ok, le dije, con tal de irme a dormir.

Pues fue tal cual, cuando estábamos durmiendo profundamente, las camas comenzaron a moverse y salimos disparando, abrí la puerta y siento la pesada contextura de Mex que se traba conmigo a la salida y luego un muy gordo codazo que me tira adentro de un cantero y ahí, caída entre la hojarasca veo cómo Mex, en calzones y camiseta, corre por su vida. Tuve tiempo de gritar «Mex, ayudame,» pero ya no estaba.

La mínima desazón que sentí dio paso a una furia que me hizo olvidar el miedo, el terremoto y mientras pasaba por el mostrador del lobby, veo a los recepcionistas riéndose y al asomarme por la ventana, veo a Mex en paños menores en la playa y algunos locales caminando por al lado, con una sonrisita en la cara.

«Subí!» le grité. «No, no no» me dijo moviendo su dedo índice de un lado a otro. «Yo ahí no subo.» «SUBIIIII»

Cómo lo habré dicho que me hizo caso! Después de reprocharle (quién sabe cómo, pero seguro muy enojada y/o llorando) su actitud caballerosa, juntamos nuestras cosas, nos fuimos para el pueblo más cercano que tenía aeropuerto y nos fuimos para Cancún, sobre el Atlántico, la otra punta, garantía de una tierra sin temblores.

A partir de ese día, nada fue igual. Ya no nos seguimos llevando bien, ya no se pudo disfrutar del viaje como antes.

Todo se fue en picada y para decorar esta historia con un bello broche de oro, a nuestro regreso, su familia nos fue a buscar al aeropuerto. Cuando volvíamos en el auto, no quise dejar pasar la oportunidad de comentarle a la mamá la reacción de su hijo, ya que él estaba contando el terremoto y nosotros con todos los detalles, menos ése.

Me hubiese gustado que me sacaran una foto de mi cara en el momento en que ella reaccionó con una sonora carcajada. Hubiera servido para ilustrar esta anécdota!

Comentario (17)

  • Gera| 17 febrero, 2010

    Jajaja recuerdo cuando me contaste esto que yo tampoco paraba de reirme. Pero que increible ese chico mira que tirarte a un costado para poder salir él.
    Dicen que lo peor sale en los peores momentos, a este chico le salio todo junto.
    Menos mal que se convirtio solo en una anecdota.

  • Verte| 17 febrero, 2010

    Bueno pobre, era cagón….que se le va a hacer….

  • Ara| 17 febrero, 2010

    Lamentable, no puedo decir otra cosa, porque si no te cierran el blog …..
    Un infeliz, ya sabes todo lo que pienso, y ademas me levantó veneno de recordarlo
    Besos

  • Alicia Seminara| 17 febrero, 2010

    Ara,

    bueno, calma, igual es algo que escribí con buena onda. Besitos.

  • Richard| 17 febrero, 2010

    No entiendo como a una MUJER como vos te pudieron llegar a tratar de esa manera. Sos una DIOSA y tanto este como el que te presentó la abuela, unos verdaderos tarados.
    Por suerte Ale apareció en la vida. El si que te mima y te trata como merecés.
    Besossssssssss

  • Ara| 17 febrero, 2010

    Si, tenes razon, no vale la pena!
    Como dijo Gera, es solo una anecdota

  • Montse| 17 febrero, 2010

    Con ese detalle a lo mejor te diste cuenta que no era el hombre de tu vida.
    Ya ha cambiado el color, ahora lo veo bien.

  • Mariana| 17 febrero, 2010

    decime por dios que lo perdiste a ese tipo…jaajaja

  • be de montreal| 18 febrero, 2010

    Que persona mas desagradable!
    Imagino que su actitud te desanamoro ahi nomas.
    Realmente «hay que besar muchos sapos para encontar un principe».
    Me alegro que encontraras, finalmente, el tuyo Ali.
    Un saludo
    be

  • tia elsa| 18 febrero, 2010

    Digamos que un impresentable, mejor olvidarlo. Besos tía Elsa.

  • grullasenred| 18 febrero, 2010

    Querido Alicia, esta vez te visito desde Proyecto Grullas, un blog que hicimos entre los que publicamos el libro de relatos Sueños de papel. Estoy de recorrida oficial en representación del grupo.
    Dejame pensar… coincido plenamente con gerard en que lo peor de nosotros sale en los peores y más malos momentos, en fin, cosas de la mente humana.
    Un fuerte abrazo.
    Desde la helada madrid
    Omar

  • VERÓNICA MARSÁ| 18 febrero, 2010

    La pena es que elementos como ese que sólo miran su ombligo hay muchos, demasiados y de sobra, por ahí. El problema es que no hay que verlo como una anecdota, las anecdotas hacen gracia y no tienen importancia.
    Te cuento una. La hija de mi amiga griega estudió en Londres y encontró allí novio (un poco desteñido, el pobre y algo rancio). Los padres de él fueron a Grecia a conocer a los padres de ella que se separaron hace unos diez años. Se encuentran los seis y hace un frío que pela. La madre de él se acerca a mi amiga porque la ve temblando de frío y, el exmarido de mi amiga le suelta, en un inglés macarrónico: No te preocupes, no, que con la capa de grasa que tiene esta foca no pasa nunca frío!!!
    No hacen falta comentarios, verdad?

    Besitos.

  • Natiluta| 18 febrero, 2010

    uyyyy era re valiente el tipo jejjej

    besos ali!!!

  • Gera| 19 febrero, 2010

    Anoche soñe con vos, con Araceli y el terremoto jajaja

  • beluu .| 19 febrero, 2010

    Alii… me reí mucho, pero también me dio ganas de matarlo, no sé cómo te contuviste! =)

    En fiin, coincido con lo de «hay que besar muchos sapos para encontrar al príncipe», y bueno, a lo mejor sin esto mirá si no llegaba Ale… pero por suerte llegó =)

    Besoos!
    Bel.

  • Alicia Seminara| 20 febrero, 2010

    Gera, Tía Elsa, Omar,

    sí, en su momento estuve enojada y desencantada, después con el tiempo todo se diluye y sólo queda la anécdota, que ahora, en retrospectiva, me hace morir de risa, pero no tendría que ser así!!!!

    Verte, Natita,

    y si, nadie es perfecto…

    Richard,

    lo que pasa es que vos sos un amoroso que me quiere pero yo también tengo mis defectos!!! Pero coincido con vos, por suerte Ale apareció en mi vida!!! Besos mi querido!

    Montse,

    me alegro que puedas ver bien aunque yo no he tocado nada! Y con respecto a tu comentario, coincido.

    Mariana,

    si!!!

    Be,

    qué frase la de los sapos! Me hizo mucha gracia!!!!

    Verónica,

    qué historia la que me contás!!! Increíble! Besos para tí también!

    Gera,

    se ve que te quedó dando vueltas por la cabeza!!! Y con Araceli!!!!!!!!

    Beluu,

    ay qué gráfica es tu frase «me dio ganas de matarlo»!!! Yo en ese momento sentí lo mismo!!!! Besos y gracias por pasar!

  • miss.kar| 24 febrero, 2010

    si, los hombres van con su bandera de valientes y al final la mayoría son unos cagones. UF!
    Por lo menos es una historia que contar para arrancar risas por muchos años.