Qué Me Pareció
Roma

 

Roma, en blanco y negro; Roma en los años ’70, Roma y su historia.

Hacía mucho que no veía estas clases de películas, esas donde lo visual te relata una historia. Donde no hacen falta los diálogos pseudo-inteligentes que te expliquen lo que sucede. Donde no hacen falta los largos parlamentos de los actores para contarte lo que tenés que entender.

Ahí, supongo, recae el desafío de todo director: el de contarte una historia a través de lo que ves, el de transmitirte su mensaje mediante una escena o un gesto y hacerte sentir que verdaderamente estás entiendo de qué va todo.

Esta película es un deleite en lo visual y en lo espiritual.

En lo visual, por la excelente recreación de los años ’70 y la forma de ir llevándote de la mano a través de lo que se narra.

En lo espiritual, porque te llega al corazón y creo que en muchos casos, como me pasó a mí, te lleva a recordar momentos de familia que los tenías guardados y olvidados, allá metidos en lo hondo de tu memoria y que, al emerger, emergen como están en la pantalla, en blanco y negro.

Es una película que pareciera ser sencilla pero hay tanta poesía, tanta metáfora en la cotidianidad que se muestra, que, cuando termina, sentís que estuviste allí mismo, en la película pero siendo testigo de todo.

Graciosa por momentos, tierna, tiernísima a través de muchos detalles y conmovedora en más de una escena.

Si estás pasando por un momento triste y te cuesta sacar a flote tu angustia, mirala, te va a ayudar. Solo que no la mires con niños.

Te la recomiendo para verla. Para que la disfrutes y te conmuevas. Y puedas ver poesía en acción.