Nostálgico Diciembre

Este año fue diferente.

A esta altura de la soirée (como decía mi papá) yo siempre hacía algún post sobre diciembre y las fiestas y me alegraba contarte que todas las fiestas que trae este mes me llenaban de alegría y esperanza.

Este año, desde el 1, que no lo vengo llevando bien.

Los primeros pensamientos negativos, si se quiere, vinieron con darme cuenta que el 27 cumplo mis últimos 40, un 49 que marca el fin de una etapa y el comienzo de otra incierta. Me veo ya en una crisis parecida a la que tuve a los 39 pero con otros matices.

Luego comencé a pensar en que sí, realmente ha pasado tanto tiempo de TODO, de todo lo que yo he vivido, que si me tuviera que morir ahora, me muero contenta porque viví de todo y cualquier cosa. Porque siento que me lo permití, porque he vivido con cierta responsabilidad y he sido una nena buena.

Pero hay algo que vengo sintiendo y es cierto vacío emocional. A pesar de sentirme muy bien con Ale y que nos llevamos bien y somos muy buenos compañeros y compinches y estamos muy contentos de estar uno con el otro, hay algo que yo ahora siento que me falta y es cierta cotidianidad que los años me confirman que nunca más voy a experimentar.

Será por eso que cada vez que sueño a mis padres los sueño en la cocina de casa? Ahí sucedía todo, ahí comíamos y hablábamos y discutíamos y nos queríamos y ahí estaba mi hermana y el gato y luego la gata.

Ese pedacito de mundo ya no existe más y, a pesar de no vivir ahí desde hace mucho, recién ahora me doy cuenta de que esa contención familiar que te dan tus padres y hermanos y mascotas alguna vez existieron pero ya no experimentarás nunca más.

Tal vez estas lágrimas sean una forma de despedirme de ese momento en mi vida que está cerrado. Es doloroso que me toque a mí cerrar la puerta porque dejarla abierta supone alguna llamita de esperanza.

Pero esperanza de qué? Este año hizo 24 años que falleció mi hermana. Ella falleció a los 23, así que he pasado más tiempo sin verla que el que ella estuvo viva. Mis viejos también han fallecido y con mi mamá, que fue la última en partir, se fueron los aromas, los ruidos y las voces que daban mi identidad.

Una identidad que ya no tengo. Me forjé otra desde el momento en que tuve independencia para decidir y tuve el apoyo de mis padres siempre. Pero siempre me sentí con dos identidades.

Y es como si la vida, los años o la experiencia ahora me estuvieran pidiendo que es momento de elegir una.