Goodbye Kate

kate

Fue hoy a la tarde. Pero Jonathan me había prevenido ayer que no era para estar muy optimista.

Desde hacía un par de días estaba apenas consciente, a lo sumo abría un ojito si sentía que Jonathan estaba cerca.

Ayer no respondía y Jon me dijo que se iba a quedar a pasar la noche con ella. Hoy a la mañana, en un texto, me contó que pasó la noche a su lado, todo el tiempo agarrándola de la mano y que le costaba imaginar que ella ya no estuviera.

Y a la tarde, sucedió.

Se fue Kate, se fue de a poquito, se apagó y quiero creer que no sufrió.

La última vez que la fui a visitar fue el sábado anterior a irnos a LA. Ya no me conocía y la encontré muy, muy distinta a las últimas veces que la había visto. Hacía meses que se había olvidado de quién era yo pero, igual, apreciaba la compañía y sonreía y tal vez comentaba algo mientras mirábamos alguna revista pero no sostenía ninguna conversación.

A veces decía incoherencias y otras veces se ponía un poco mal porque no le salían las palabras.

Al único que reconocía era a Jonathan porque él la iba a visitar todos pero todos los días, no fallaba nunca, aunque fuera un par de horas, él iba a visitar a su tía, a darle conversación, ánimo o a fijarse qué tal andaba todo por el hogar de ancianos donde estuvo viviendo este último año.

Como siempre pasa, uno ante lo inevitable antepone sus esperanzas de que no suceda pero hasta cuándo? Pobrecita, tenía 94 años, los medicamentos no le hacían efecto y ya ni tenía fuerzas para nada.

Pero cuesta decir adiós y más cuando es a una ancianita tan dulce como ella. Porque en eso coincidían todos: Kate era una dulce. Nunca se quejaba de nada, nunca fue una paciente difícil y si se quejaba era porque se consideraba una carga para su sobrino.

A veces, cuando coincidíamos los dos en las visitas, ella se agitaba un poco porque sentía que nos estaba haciendo perder el tiempo, que ella no se merecía tanta atención.

Pienso en ella y en sus rosales; en su té con leche con dos cucharadas de azúcar (“Because I’m not sweet enough”); en sus anécdotas de cuando era pre adolescente durante la Segunda Guerra; en sus historias sobre sus padres a los que todavía extrañaba; en su don de gente, independencia y sentido del humor.

La extrañaré, como a todos mis viejitos que se me han ido en todos estos años.

A veces, el paso de los años duele y mucho.