Hacer El Duelo

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Estoy en mi casa. Sola. Quiero silencio y no me invaden los recuerdos. No siento angustia, no extraño ni a mamá ni a papá. Camino, miro, algunas cosas están distintas, algo se cambió de lugar, mi biblioteca está vacía después de haber regalado todos mis libros la vez pasada que vine. La casa se siente la misma.

Voy a hacerme un café y lleno la pava con agua. Me parece escuchar a mi papá diciéndome que no le ponga poca agua porque si no, se quema por dentro. Tomo la caja de fósforos, enciendo la hornalla.

Paso por el pasillo, a mi derecha está mi cuarto y sigo pero vuelvo: Me pareció ver sentado a alguien. No sé, no. Como la anoche anterior, que estando acostada sentí que alguien lo estaba también al lado mío.

No lloro, no me conmuevo.

Tengo que ordenar mis papeles, encontrar mis retazos del pasado. Los encuentro: mis diarios íntimos desde los 12 años, todos, hasta que me fui a vivir a Londres. Todos. No los abro, no los leo. Los meto en la valija. Tomo una caja de papeluchos amarillentos y empiezo a encontrar cosas de mi hermana, retazos de su pasado. Me quiebro. Me repongo, me las aguanto.

Tomo una caja de bombones donde ella guardaba papelitos y descubro que es la colección de estampitas de comunión de mi mamá y que mi hermana siguió. Entre las más antiguas encuentro la de mi papá, firmada por él mismo, con su letra de 8 años. No tengo consuelo, no puedo parar de llorar. Encuentro la estampita de mi mamá, también me hace llorar.

Miro todo a mi alrededor y es mi casa, sigue siendo mi casa, es mi cuarto y lo estoy vaciando. Lloro y paro de llorar mil veces pero es un llanto raro, no es doloroso; es un llanto de soledad, de darme cuenta de que estas situaciones y papeles que encuentro me confirman las ausencias de mis viejos y mi hermana.

Lloro otra vez y ahora siento que es un llanto agradecido: agradecido de haber tenido los padres que tuve, la hermana que tuve, el pasado que tuve, la vida vivida.

Lloro las ausencias pero las lloro en paz. Lloro sabiendo que tengo, ahora sí, un solo hogar al cual volver, ya no me siento dividida como antes. Ya no siento que vivo dos realidades y que tengo un pie aquí y otro allá.

El círculo se ha cerrado. Mi pasado ha quedado en el pasado.

Lloro. Y agradezco.

(Escrito allá, en noviembre y bien entiendo ahora por qué me siento rara últimamente.)