Adiós, Mi Gatita

Una es una adulta grande, sabe de lo inevitable, lo reflexiona, lo comprende… pero cuando sucede no podés evitar que te entristezca y que te duela.
Ayer llamé a mami y me contó que había muerto mi gatita, mi gata negra, mi hija, como la llamaba yo. 
Mamá me lo contó toda muy objetiva, yo escuchaba todo muy objetiva pero se me caían las lágrimas y no sabía cómo hablar o impostar la voz para que mamá no se diera cuenta de que estaba llorando. 
Además, estoy segura de que ella también estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para contármelo así, porque nos conocemos, nos sabemos bien y nunca una quiere poner mal a la otra, especialmente a tantos kilómetros de distancia porque sabemos que estamos lejos para consolarnos mutuamente. 
Chocha tenía 19 años y, como todo gato, tenía su personalidad bien definida aunque ella no era cariñosa, no le gustaba estar aúpa y con cada uno se portaba diferente: conmigo sabía que si la alzaba, se tenía que quedar un ratito, yo la agarraba fuerte y se la aguantaba. Con papá se hacía la mimosa porque sabía que era el único que le daba de comer en la boca. Con mi mamá se entendían las dos a la perfección: mamá sabía cuándo la gata quería agua o leche, carne o alimento balanceado, cuándo quería salir un rato afuera al sol o acostarse.
Era una institución: Durante los años que di clases en casa, todos mis alumnos la conocían, la querían, les fascinaba ver esta gata negra que los miraba desde lejos y se acercaba si ella tenía ganas.
Fue siempre muy sana: en abril de este año la llevé al veterinario porque su pelo largo y otrora sedoso se le había empezado a enredar y cuando le dije la edad de la gata, puso cara de “bueno, qué esperabas!” pero cuando la examinó, sorprendido me dijo: “Pero tiene todos los dientes!”
Me dijo que era la edad, que había que cepillarle el pelo bastante y luego Chocha lo despidió como ella se despedía de quienes le hacían hacer cosas contra su voluntad: Un rápido y pequeño pero intenso rasguño como souvenir.
Mamá la descubrió ayer a la mañana, aparentemente durmiendo en el piso a su lado, como lo venía haciendo últimamente. Mami la llamó y la gata no respondió. Se acercó, la tocó… y se dio cuenta. Me dijo que no la había escuchado llorar a la mañana y que estaba como echadita, como sentada.
Pensar y recordarla es revolucionar el corazón con recuerdos porque mi hermana menor todavía vivía cuando traje a la gata a casa y sentís que todo se mezcla porque te acordás de anécdotas que tienen que ver con la familia: que la gata se sentaba sobre lo que estuviera leyendo papi, que enloquecía de amor con mi tía Mema (la única persona a quien la gata miraba con otros ojos), que se te cruzaba por las piernas cuando tenía hambre, que te maullaba con enojo si veníamos tarde y la habíamos dejado sola en casa…
Y todo da paso a la desazón y a cierta desolación porque te acordás de quienes estaban y ya no están, cuando en casa éramos 4 más una gatita…
Definitivamente una mascota es un miembro más de la familia; será porque nosotros depositamos nuestros cariños y / o carencias sobre el animalito o lo adoptamos para no sentirnos solos o para sentirnos acompañados pero por el motivo que sea, el lugar que ellos ocuparon en la casa no se reemplaza fácilmente y el lugar que ocupan en nuestro corazón es definitivo e imborrable.
Te voy a extrañar pero te tengo en mi corazón, gatita. Este rasguño que me dejás no me va a cicatrizar nunca.