Pies Descalzos

– Mirá, te gustan? Vino una señora al negocio con un montón de bolsas y se ve que se olvidó ésta.
– No las vino a buscar?
– No, esperamos y esperamos, nunca vino y a mí me quedan chicas. Fijate si te van bien.
– Sí, me quedan bárbaras.
– Bueno, quedátelas.
Y así, sin esperarlo, recibí un par de sandalias, de las que yo llamo “las que chancletean”, esas sandalias que tienen taco pero que no tienen una “pulserita” para ajustarse alrededor de tu pierna o del pie.
Fue hace muchos años, cuando tenía un novio que vivía en Palermo y su mamá tenía un negocio y me dio ese par de sandalias. Tenían un taco bastante alto pero no eran stilettos así que los podía caminar cómodamente.
Y así iba y venía yo contenta, con esas sandalias que parecían haber sido compradas especialmente por mí y para mí.
Hasta que un día…
A veces las chicas (me remonto a mí misma a esa edad, los veintipico) exageramos. Creemos que cualquier contrariedad es una tragedia, que todo el mundo nos mira y que una manchita mínima en la ropa la ven TODOS y que nos señalarán por siempre jamás como unas descuidadas.
Pero cuando vas creciendo, será que superás ese temor al ridículo y no te importa nada o ya sufriste tantas situaciones ridículas que una más ni te preocupa! Y te causan gracia!
También es cierto que una situación límite puede poner a prueba tu imaginación. Y para levantarte después de una caída, a veces es mejor recurrir al humor.
Literalmente.
Porque eso me pasó una mañana temprano, hora pico, volviendo en subte desde Palermo. Un lunes que estallaba de gente por todos lados y yo con mis taquitos, bajando las escaleras al hacer combinación con el subte, me caigo inesperadamente con todo mi trasero, sobre un escalón.
Cuando me quiero levantar, noto que no puedo hacer pie. Medio aturdida por semejante golpe, una chica me quiere ayudar a levantarme y no puede. Miramos y descubrimos que ambos tacos de las sandalias se habían arrancado y sólo quedaban los clavos que los unían a la suela, a la vista.
“Uh… bueno… los podés usar de chatitas,” me quiso consolar la chica. Le agradecí y se fue. Yo me quedé perpleja con las sandalias rotísimas, los tacos en una mano, las suelas en la otra y en patas en el subte.
Cómo salgo de ésta? “OK…Yo estuve en Londres, en New York… Me voy a hacer problema por esto?!?!? Estoy en Buenos Aires, en el subte y descalza… y bueno! Algo para contar!”
Juro que pensé eso, es que no sabía de qué colgarme para poder seguir adelante. Entonces, con las sandalias rotas en la mano, me dispuse a seguir con mi itinerario. Insisto: en patas.
El piso de la plataforma del subte es calentito por suerte. Me senté en un asiento que justo daba a la puerta y cada persona que entraba tenía en primer plano mis pies que ya empezaban a ennegrecerse. Pero yo igual seguí teniendo las sandalias en la mano bien a la vista!
Llegué a Constitución y tenía que tomar el tren. El piso ahí es frío y yo sostenía la cabeza bien en alto, pensando que, bueno, si yo miraba para arriba, quién iba a mirar para abajo? Me crucé todo el hall y tomé el tren.
Ahí ya estaba un poco escondidita y no se veía nada. Al llegar a Quilmes, bajé y caminé un par de cuadras hasta tomarme un remise. Y llegué a casa con los pies más negros que alguna vez vi. Pero con cierta alegría de haber superado semejante situación.
Es que hubiera sido medio ñoño ponerse a llorar por eso, no? (Bueh, digo eso porque no lloré pero quién sabe si hubiese reaccionado así de más pequeña…)
Vos cómo hubieses reaccionado?