A Ver Si Alguien Me Entiende

No tengo nada contra vos.

Cuando recién vinimos a vivir a Londres, encontré que tenía tiempo libre después de trabajar y que si querés tener un hobby, hay para todos los gustos y hay materiales de sobra.

En ese tiempo no tenía blog y traté de reincidir con el tejido. A mí siempre me encantó tejer y en mi adolescencia, sweater que usaba, sweater que había sido tejido por mí.

Traté de comenzar a tejer pero no me sentía cómoda. Yo quería tejer sentada en el sillón mirando la tele o escuchando música pero las agujas pegaban constantemente contra el respaldo. Y no me hacía bien la columna.

Un día descubrí que se vendían unos kits completos para bordar: el pedacito de tela que necesitaras, hilos, agujas, dedal y el diseño.

Aaaaaah!! Qué placer! Me copé con el bordado! Era cosa de volver del trabajo a sentarme y bordar y bordar. Para mí era una terapia, una labor-terapia como escuché decir en ese momento.

El caso es que yo estaba muy contenta y a medida que avanzaba notaba que iba a necesitar ciertos accesorios: Me compré una lupa especial con luz, me compré un aro de madera para estirar mejor la tela cuando bordaba…

Pero lo que yo realmente quería era una estructura de madera parecida a una mesa (como esa que se usa para los telares) para estirar mejor la tela, bordar sentada sin tener que mirar tanto para abajo y sin tener que sostener el bordado con una mano y que al cabo de un tiempo se empiece a dormir.

Añoraba ese catre como yo lo llamaba y le comentaba a Ale que iba a ahorrar, que me quería comprar uno… Hasta un día se lo mostré cuando pasamos por un negocio a comprar hilos.

Llegó diciembre, el mes de las fiestas y de mi cumpleaños. Ale me comentó un día que ya tenía mi regalo, que lo había comprado y que llegaría en unos días y que lo recibiera PERO QUE NO LO ABRIERA hasta el día de mi cumple.

Fue una tortura china ver semejante cajota de cartón sin ningún tipo de inscripción, quieta ahí en el living. Yo la miraba y trataba de adivinar hasta que me dije: “El catre! Es el catre!”

Me imaginaba todas las tardes del invierno, relajada escuchando música y bordando y bordando y bordando.

El día de mi cumpleaños llegó y me lancé a despedazar esa cajota para descubrir contra mi espanto que lo que había ahí adentro era otra caja y otra y adentro… una Mac!

Una Mac, entendés?

No, no entendés. UNA MAC!

“Ya tengo una laptop!”

“Pero estas son las nuevas, las que acaban de salir,” me dijo Ale.

“Y yo para qué la quiero!?!”

“Cómo para qué!?”

“Ya tengo una laptop! No quiero esta! No la quiero!”

O sea, me entendés? A mí no me importaba ese aparatejo y lo que dejó en evidencia es esa queja que a veces tenemos las mujeres con respecto a nuestra pareja, el pero no te das cuenta?

Cuánto tiempo estuve yo soñando en voz alta con el otro aparato?! Todas las noches me ponía a bordar, con la espalda doblada (pero relajada) y era tan evidente lo que yo necesitaba!

“Bueno, entonces no la querés?”

“NO!”

Y bueno, la devolví.

Y yo sigo sin el famoso catre porque nunca más bordé.