Los Inocentes En El Extranjero

The Innocents Abroad es una obra escrita por Mark Twain que está en mi lista de libros por leer. Por lo que sé, es una obra basada en el diario que escribía Mark Twain sobre sus viajes en el extranjero con varios compatriotas. Sus descripciones de los personajes parecen ser muy graciosos y me llena de curiosidad enterarme cómo se viajaba en aquella época.

Pero este post no es sobre la obra literaria.

El domingo pasado, cuando fuimos al polo, tomamos el tren en la estación Waterloo. Éramos nueve argentinos y un británico. Nos sentamos en una parte del vagón donde los asientos se enfrentan y hay una mesa en el medio. Entonces a cada lado del pasillo, hay ocho asientos con dos mesas. Ahí nos sentamos ocho. Otras dos chicas se sentaron atrás, en asientos de dos.

Teníamos una hora de viaje y no queríamos aburrirnos y a alguien se le ocurrió jugar al tutti frutti. La mayoría estuvo de acuerdo y yo reacia como soy para los juegos, me enganché para no pasar como amarga (que lo soy, lo admito: en un tren prefiero leer o escribir o dormir).

Los argentinos somos así: gritones, exagerados, demostrativos y gesticulamos TODO. Para ponernos de acuerdo en las categorías estuvimos como 15 minutos.

Comenzamos a jugar y entre que alguno hacía trampa o hacía algún chiste o nos reíamos de los nombres que poníamos o lo que fuera, el tren parecía un manicomio! Gritos, carcajadas, gestos exagerados, enojos light entre amigos…

En un momento vi a algunas personas que se levantaban para mirarnos. Ahí caí: estábamos siendo muy escandalosos para el standard de este país donde todo es un murmullo.

El caso es que empecé a mirar a mi alrededor y muchos ponían cara de espanto, de horror, de qué les pasa, están locos, etc, pero nadie nos decía nada.

Cada tanto, si la voz subía todavía más, nosotros mismos nos hacíamos calmar porque, claro, mientras vos estás a los gritos no te das cuenta que los demás están en silencio.

Al cabo de un tiempo, como se generó una mini discusión con una chica británica que estaba sentada detrás de uno de nosotros y que no pasó a mayores, decidimos dejar de jugar y empezamos a charlar.

Lejos de decir que la mayoría de los que viajaban eran británicos, me puse a pensar en las diferencias culturales, blah, blah, blah pero también en la muestra de tolerancia que tuvieron los demás pasajeros con nosotros: nadie nos dijo nada.

Pero después, hilando más fino, comencé a recordar que la mayoría de las veces que me crucé a muchos británicos en el extranjero estaban totalmente borrachos y haciendo escándalos. Que hacen cosas que jamás aquí harían porque saben que se los lleva la policía o que serían denunciados. Que gritan, que se bajan los pantalones para mostrar el culo blanco que tienen y que a nadie le interesa ver y que las chicas se suben la remera para mostrar lo que sólo a los hombres les interesa ver.

Y lo peor de todo es que alardean de la jaqueca al día siguiente para seguir continuando con la bebida.

Así que, bueno, admito que a lo mejor nosotros nos pasamos un poco con los gritos pero juro que estábamos totalmente sobrios! Y nos estábamos divirtiéndonos como locos!