Barbecoa de Jamie Oliver

Hace un par de semanas fuimos a almorzar al Barbecoa, el último restaurant que abrió Jamie Oliver con el chef neoyorkino Adam Perry Lang, dueño del Daisy May’s BBQ, en New York.

Como el nombre lo indica, la estrella es la carne aunque encontrás otras alternativas.

Al entrar, tenés una recepción muy cool, mucha madera y mesitas y sillas altas, la idea es que, si llega a haber mucha gente en el piso de arriba (donde está el restaurant propiamente dicho) uno espere tomando algo. Hay una chica detrás de un mostrador alto que tiene un auricular con micrófono y es así como ella anuncia cuánta gente va llegando y cómo a ella le dicen que ya hay alguna mesa disponible. También tienen ahí mismo un guardarropas para que dejes carteras y abrigos.

La recepción.

Con Ale estuvimos un ratito ahí, nosotros solos y nos dio la sensación que esa espera de unos 5 minutos era más una puesta en escena que otra cosa, qué tan lleno podría estar el restaurant?!?

Cuando subimos, lo comprobamos: No estaba tan lleno, che!

Nos sentaron al costado de un ventanal donde tenía una vista fabulosísima de St Paul’s Cathedral.

St Paul’s detrás.

En realidad, todo el restaurant da a estos ventanales gigantes desde donde se ve la hermosa catedral.

Se acercó el mozo y nos dió el menú.

El menú.

Leímos que había una tabla de panes con manteca casera, pedimos eso para ir picando.

Tres clases de panes, la manteca y dos potecitos con sal gruesa y pimienta.

De plato principal, yo elegí el pollo y Ale la hamburguesa.

Este es mi pollo.

La hamburguesa de Ale.

A mí me despertaba curiosidad el tema de la carne, le pregunté al mozo de dónde provenían las vacas y me dijo que de Escocia. También nos contó que la carne de la hamburguesa era carne picada del final del lomo y del rabo y les digo, era deliciosa, tenía un sabor increíble. (Se nota que hace mucho que no como carne buena!!)

Cuando terminamos de comer, dimos una vueltita por todo el restaurant, incluso podés sacarle fotos a la cocina que está ahí nomás, a la vista.

Vimos los hornos y que a la carne la asan con carbón:

Se ve todo! Qué placer!

Todo limpio y prolijo.

Esto es una parrilla.

A la derecha de este sector está la cocina.

Desde mi mesa, del lado de adentro, tenía esta vista:

El bar ahí atrás y fíjense, todo eso a la derecha son botellas de vino.

Lo que le criticaría a este lugar es cómo distribuyeron las mesas o por qué decidieron poner semejantes sofasotes ahí en el medio. Si querés ir al baño, tenés que ir por los costados de los sofás y te encontrás que tenés las mesas y las sillas molestando. Si sos grandote, corrés el riesgo de golpearle el codo al que está comiendo. Por suerte no había nadie comiendo por ese sector pero de todas formas me costó pasar por todo ese laberinto de muebles.

Laberíntico e incómodo.

Me parece que originalmente no estarían esas mesas, que fueron agregadas después.

De la déco no escribo, obvio, yo no sé nada de eso. De la comida, les digo que el sabor del pollo era de un pollo de verdad, no pregunté si era orgánico pero que el animalito había comido maíz en su vida, seguro! La carne lo delataba.

No había lugar estomacal para el postre así que me pedí un té de hojas de menta. El detalle que me encantó: la taza estaba caliente!

Tecito digestivo, mi estómago me lo agradeció!