Doña Hilda

Ruta 3, parador 186.


Ale y yo disfrutamos de comer y hemos tenido muchas experiencias gastronómicas: hemos tomado el en lugares muy paquetes, hemos tenido cenas en restaurantes muy elegantes y hasta nos dimos el gusto de realizar el Culinary Flight en el hotel más lujoso del mundo.

Pero un rinconcito de nuestro corazón pertenece a Doña Hilda.

Conocimos a Doña Hilda hace unos cuantos años, cuando todavía vivíamos en Argentina y camino a Olavarría tuvimos hambre y estábamos por Las Flores y al costado de la ruta vimos un cartel que anunciaba que Doña Hilda ofrecía lechón al asador.

Lechón al asador.

Cómo resistirse? Generalmente un parador al costado de la ruta que ofrece carne asada es garantía de sabor y calidad.

El lugar era muy básico, muy humilde, las mesas y las sillas de chapa finita y de cualquier color, sobre el patio afuera de un pequeño salón. Como hacía calor, nos sentamos afuera y de allí se podía ver a Doña Hilda y algún ayudante preparar ensaladas.

Doña Hilda se acercaba y preguntaba “Qué parte querés? Costilla, bondiola…” y uno elegía y ella volvía con una fuente de carne cortada a tu gusto y de tamaño considerable.

La carne es por demás deliciosa, tierna y se desprende fácilmente del hueso pero lo que a mí más me da felicidad es hundir el cuchillo y sentir crujir el cuero de chancho. Música para mis oídos!

Cada vez que íbamos a Olavarría, Doña Hilda era nuestra parada obligatoria y cada vez que lo visitábamos, el lugar era un poco más amplio porque siempre había mucha gente a toda hora disfrutando de esos chanchitos tan sabrosos.

Este año sabíamos que íbamos a pasar unos días en Olavarría y descontamos pasar por Doña Hilda.

Entramos al restaurant, que ahora está gigante y que en verano supongo que debe ser muy fresco. El piso es desparejo, es un poco oscuro, los manteles son de plástico pero yo me senté y lo que escuché en la mesa de al lado fue el crujir del cuero del lechón asado.

Felicidad.

Entonces nos trajeron pan.

Pan! Pan de verdad con gusto a pan!

Y algo para “picar”.

Berenjenas y pollo al escabeche.

Y lo que pido siempre:

Costillas! Y la ensalada rusa estaba súper delicosa!

Acá se tiene una mejor visión.

No hace falta chimichurri ni ketchup ni mayonesa! Sal y ya!

Debo reconocer que ver las fotos del lugar no ayuda a elegirlo si sos un alma sensible…

Allí atrás se ve el restaurant, color rojo. Este vendría a ser “lobby.” ;D

Queda claro dónde están los baños, no?

Los baños no son olorosos pero te recomiendo ir a los de las estaciones de servicio cercanas, aunque no son roñosos. Yo fui al baño y bueh, no será wow… pero tampoco son muy wow los de algunas estaciones de servicio!

Creo que esta última visita a Doña Hilda (ya no trabaja ella pero están sus hijas) será recordado también por lo que sucedió después de que terminamos de comer:

El día estaba lindo y me puse a explorar un ratito. Quería ver unos chanchitos, de los vivos.

Chanchitos. Sí, sé que da lástima pensar que los comemos pero…

A mi lado vino un niño, Jerónimo me dijo que se llamaba y me llevaba a que viera los demás animales y me presentó a Junior, otro niño que estaba dibujando sobre un pedazo de cartón apoyado en un tubo de gas.

Hacía tanto que no veía chicos tan… niños! Estaban sucios, las manos sucias, los cabellos revueltos pero eran un amor de cariñosos, se los veía muy saludables de tanto estar al contacto con la naturaleza, se los veía tan seguros de sí mismos…

Junior se acercó hacia mí y me tomó la mano y me llevaba diciéndome “vení, vení” y me acercó a un ternero y me invitó a acariciarlo. Cómo sabía que yo no me animaba a hacerlo sola?

El ternero, de lejos.

Me preguntaron mi nombre, posaron contentos para una foto y me mostraron dónde vivían.

Su hogar.

Nos despedimos, mamá les regaló unos caramelos y me queda de recuerdo esta foto de estos niños tan amorosos y tan felices de estar rodeados de tanta naturaleza.

Jerónimo (con mamadera) y Junior, el dibujante.

Un consejo: antes de entrar, preguntá cuánto sale porque no hay menú y no sé qué parámetros usan para cobrar. Nosotros éramos tres y gastamos 180 pesos con bebida y una taza de té que tomé yo, incluídos.

No sé si fue mucho o poco o justo lo que nos cobraron, ya no tenemos ni idea qué es caro y qué no en Argentina aunque todo nos suena caro porque todavía recordamos los precios del 2005, el último año que vivimos allá!