Bigote

Con 10 años y Bigote.

Bigote fue mi perro, el perro de la infancia.

No recuerdo cuánto tiempo estuvo viviendo con nosotros, sí que lo trajo mi cuñado porque lo había encontrado en la calle. Se habrá encariñado con él, no sé, pero nos lo dejó a mi hermana y a mí.

Bigote ya era grande cuando vino, había vivido hasta ese entonces en la calle y nosotros sabíamos que nos quería mucho a pesar de que mucha gente pensaba lo contrario. Era muy guardián pero con nosotras jugaba sin lastimarnos jamás.

Aunque si venía gente de visita, había que atarlo. Ladraba malo cuando veía gente extraña y en esa época de rejas bajas en las casas del barrio, él salía a la vereda y no dejaba pasar a ningún transeúnte. Ahí mandaba él porque estaba cuidando la casa y si no te gustaba, te mostraba los dientes.

Yo escuchaba a mamá quejarse de que muchas personas le recriminaban tener un perro tan guardián pero para mí era el perro más inteligente del mundo y también el más pudoroso: cuando tenía ganas de ir al baño, ladraba distinto, mamá lo soltaba, se cruzaba al campito de enfrente y si lo seguíamos y lo mirábamos, él ocultaba mitad de su cuerpo tras los yuyos mientras nos miraba serio. Jamás ensució en el jardín de nuestra casa.

Todas las madrugadas acompañaba a mi papá a la parada del colectivo y se sentaba al lado de él mientras esperaba a que viniera. Cuando llegaba el colectivo, no dejaba que nadie se acercara y a todos les mostraba los dientes así que mi papá tenía que subir primero! Luego subían los demás, él esperaba a que arrancara el colectivo y ahí recién volvía a casa.

Un día nos enteramos de que había rasguñado a una chica que pasó por la vereda. Escuchábamos hablar de “vacuna antirrábica”, “denuncia”, así que mamá con papá resolvieron llevarlo a la perrera. Preguntamos qué era eso y nos dijeron que ahí lo iban a dejar, que se iba a quedar a vivir allí.

La verdad, mi hermana y yo no éramos las hermanitas Ingalls que lloraban si un animalito se moría o se lo sacaban pero a lo mejor debió ser porque como nos dijeron todo sinceramente (pero sin demasiados detalles) es que lo aceptamos y no luchamos para que se quedara.

El día que tuvimos que llevarlo, nuestro vecino nos llevó en su auto. Yo estaba sentada adelante y mi hermana, madre y Bigote, atrás.

Cuando llegamos, mamá bajó con el perro y por alguna extraña razón o intuición, no quise mirar por la ventana. Era mi forma de no querer verlo partir.

Aunque yo creía que lo iba a volver a ver, que íbamos a ir a visitarlo…

Pero no.

De la perrera, con mamá nos fuimos al cine.

Y Bigote, nunca más.

Feliz día, mi perrito, donde quiera que estés.