Una distracción

Un gatito con su bowlcito.

No sé si catalogarme como distraída o despistada, no lo sé realmente. Me puede pasar que voy caminando por la calle, miro para adelante y alguien conocido me puede pasar por al lado y yo no me doy cuenta. Pero tampoco me ocurre tan seguido.

Sí, lo reconozco, me desoriento fácilmente, aún con mapa. Si paseás conmigo y tenemos un mapa y yo te digo “es para allá”, agarrá para el lado contrario, porque es por ahí seguro.

Pero me vino a la memoria algo que me pasó una vez y te demuestra que cuando las mujeres charlamos nos concentramos tanto en lo que decimos y escuchamos, que lo de alrededor se esfuma.

Hace unos años fui a un congreso de profesores de inglés en Capital Federal que duraba todo el día. Fui sola. Pero al rato comencé a hablar con otras dos profesoras, Patricia y Silvia, divinas, e hicimos “click” de inmediato, nos divertíamos y charlábamos como si nos hubiésemos conocido de toda la vida, aunque Patricia y Silvia sí se conocían desde siempre. Pero hubo entre nosotras una comunión instantánea.

Llegó la hora de almorzar y salimos y seguíamos hablando como si nos fuéramos a morir al día siguiente, y sin prestar mucha atención, nos metimos en un bar que encontramos por ahí.

Entramos hablando en voz alta, continuando la charla de afuera, y un mozo se acercó y nos miraba raro, yo noté que tenía una sonrisita en su cara, me pareció que de simpático nomás y nos condujo a una mesa de cuatro, casi al fondo de todo.

Mientras nosotras mirábamos el menú – por favor, imagínennos a las tres hablando, en todo momento, de lo que habíamos visto en el congreso, de libros, de alumnos y a la vez eligiendo qué comer – yo ví que había muchas chicas sentadas solas. Al rato fui al baño y ahí había dos o tres, flaquitas, producidas, mirándose mucho al espejo… No sabía qué pensar, parecía el baño de un boliche.

Cuando volví a la mesa, se me hizo todo más evidente: Todas esas flaquitas sentadas solas, todas con un bowl de ensalada, todas peinadas y producidas iguales, todas, en realidad, eran gatitos! Y en el medio del “restaurant” había mesas con hombres sentados de a dos, tres o cuatro!

Entonces entendí por qué el restaurant tenía vidrios como espejados en la parte de afuera, por qué el menú ofrecía, más que nada, bebidas alcohólicas y por qué el mozo nos había mirado tan raro!

Ya cuando vino a ver qué comíamos, la sonrisita dejaba ver sus dientes porque segúramente no podría creer que siguiéramos ahí!!!

Mientras esperábamos que nos trajera lo que habíamos pedido, empezamos a cuchichear entre nosotras sobre el ambiente donde estábamos y nos empezó a causar gracia, por supuesto que no nos fuimos, comimos nuestros tostados, seguimos hablando sin parar y cuando terminamos, pues volvimos al congreso como si nada!